Musicoterapia y salud mental: por qué la música reduce el estrés y mejora la calidad de vida

A veces basta una canción para bajar el ritmo del día. Unos minutos con audífonos, una melodía conocida y el cuerpo empieza a aflojarse: la respiración se vuelve más lenta, la mente se aquieta y las emociones encuentran un cauce. No es casualidad. La música, además de acompañarnos en la vida cotidiana, se ha convertido en una aliada silenciosa para cuidar la salud mental, reducir el estrés y mejorar la calidad de vida.

El impacto de la música en la salud mental
¿Sabías que la música puede mejorar tu salud mental? Un estudio reciente lo sugiere
De ese interés surgió la musicoterapia, una práctica profesional que utiliza la música de manera intencional y basada en evidencia para apoyar procesos emocionales, cognitivos y físicos. Hoy, su papel cobra especial relevancia en un contexto marcado por el estrés, la ansiedad y los trastornos del estado de ánimo.

Lo que dice la ciencia sobre música y depresión
Investigaciones recientes han reforzado esta idea. Un estudio realizado por el Centro de Neurocirugía Funcional de la Universidad Jiao Tong de Shanghái encontró que la música clásica puede contribuir a mejorar el estado de ánimo en personas con depresión.

El hallazgo no apunta únicamente a la música como un fondo agradable, sino a su capacidad de activar circuitos cerebrales relacionados con el placer y la regulación emocional.

¿Qué pasa en el cerebro cuando escuchamos música?
De acuerdo con los investigadores, los efectos positivos aparecen cuando se sincronizan distintas áreas del cerebro: el córtex auditivo, encargado de procesar los sonidos; el circuito de recompensa, vinculado con el placer, y la amígdala, clave en la gestión de las emociones.

Cuando estas regiones “dialogan” entre sí, el estado de ánimo puede estabilizarse y mejorar, incluso en personas con depresión.

Para la maestra María Concepción Morán Martínez, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM y pianista de formación, el beneficio no depende tanto de si la música es alegre o melancólica, sino de la conexión que cada persona establece con lo que escucha.

“El nivel de disfrute musical del paciente es más relevante que la emoción que transmite la pieza en sí”, señala, aunque también advierte que los estudios aún tienen limitaciones y deben seguir ampliándose.

Escuchar música no es una experiencia pasiva para el cerebro. Mientras suenan las notas, se activan áreas relacionadas con el movimiento, la memoria y la emoción. La corteza premotora se involucra, aunque no estemos bailando, y la amígdala asocia los sonidos con recuerdos y sensaciones. Al mismo tiempo, se producen cambios bioquímicos y fisiológicos que pueden modificar el estado de ánimo, disminuir el estrés y generar bienestar.

Estos efectos han impulsado el desarrollo de nuevas herramientas. A partir de sus hallazgos, el equipo encabezado por Bomin Sun trabaja en el diseño de una aplicación que ofrecerá recomendaciones musicales personalizadas, monitoreo emocional en tiempo real y experiencias inmersivas, con la intención de ayudar a las personas a gestionar sus emociones en la vida diaria.

Musicoterapia: más que solo escuchar música
Los especialistas subrayan que la musicoterapia va mucho más allá de “poner música”. Existen dos modalidades principales: la activa, en la que el paciente canta, toca instrumentos o se mueve; y la receptiva, donde escucha de manera guiada. Ambas pueden ser útiles, siempre que sean aplicadas por profesionales capacitados que sepan adaptar la intervención a las necesidades de cada persona.

La musicoterapia ha demostrado beneficios en la reducción del estrés y la ansiedad, en la mejora del estado de ánimo, en el manejo del dolor y en la estimulación cognitiva, además de favorecer la comunicación y la interacción social. En contextos hospitalarios, educativos o de cuidados paliativos, la música puede convertirse en un espacio de contención y alivio emocional.

El reto: llevar la música a más espacios
Por ello, Morán Martínez insiste en la importancia de impulsar estas prácticas desde las instituciones. La música, dice, no solo es una expresión artística o cultural: es una herramienta poderosa para el bienestar. En un mundo acelerado, escuchar, sentir y trabajar con la música puede ser una forma accesible y humana de cuidar la salud mental y mejorar la calidad de vida.

GD

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