De “difíciles, pero sustanciales” calificó el jefe de los negociadores rusos, Vladimir Medinsky, la tercera ronda de negociaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos que, tras una reunión de apenas dos horas, concluyó este miércoles en Ginebra, Suiza.
Las conversaciones “no fueron fáciles, pero sí importantes. Continuarán. Resistiremos”, escribió en redes sociales Kyrylo Budanov, titular de la Oficina de la Presidencia ucrania y miembro de la delegación de su país.
Su jefe, el presidente ucranio, Volodymir Zelensky, tras recibir un reporte preliminar de su delegación, afirmó que se lograron progresos en cuanto a definir los mecanismos de verificación de un eventual alto el fuego para el que, sin embargo, sigue sin haber acuerdo.
En tanto, uno de los mediadores estadunidenses, Steve Witkoff, señaló que “hubo avances significativos” y las tres partes –luego de rendir un detallado informe a los respectivos presidentes– se volverán a encontrar en fecha próxima.
Divididas las negociaciones en dos bloques, uno político y el otro, militar, se intuye de las declaraciones previas a la reunión de dos días a puerta cerrada que los grupos que encabezaron Igor Kostiukov, director de inteligencia militar de Rusia, y Andrii Hnatov, jefe del Estado Mayor del ejército de Ucrania, tienen claro cómo monitorear un hipotético cese de hostilidades, con la participación de Estados Unidos, representada por Dan Driscoll, secretario del ejército estadunidense, a sabiendas de que no se va a concretar las medidas hasta que se superen las diferencias políticas de fondo entre ambos.
De algún modo, explican expertos, se invirtió el orden lógico, que sería primero acuerdo político y, después, monitoreo del alto el fuego, pues que se lleven a cabo los entendimientos dependerá de bajo qué condiciones se producirá más adelante el fin de la guerra: ya sea porque una de las partes inflige una derrota militar demoledora a la otra o debido a que el desgaste de la guerra (cuando Kiev no pueda resistir más y Moscú ya no tenga cómo financiar el gasto bélico) los obligue a buscar consensos o, en realidad, a hacer dolorosas concesiones recíprocas.
Por ahora, en opinión de numerosos analistas, no parece cercana ninguna de las posibilidades mencionadas, lo cual es una mala señal para un pronto alto el fuego, a pesar de la insistencia del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, por colgarse una medalla más como “pacificador” si sus presiones a rusos y ucranios surten algún efecto.
Antes y después de Ginebra, los grandes escollos para un acuerdo de paz se mantienen intactos. Resumidos los principales, pero no los únicos, son: el control sobre los territorios, sobre todo en Donietsk; el manejo de la central atómica de Zaporiyia; y las garantías de seguridad a Ucrania, tres puntos donde las posiciones de rusos y ucranios no sólo son encontradas, sino irreconciliables.
Medinsky llegó a Ginebra con una misión clara: Ucrania debe entregar el 22 por ciento de Donietsk que aún controla, a cambio de que Rusia acepte congelar la línea del frente en Jersón y Zaporiyia, así como se retire de las zonas fronterizas en las regiones ucranias de Járkov, Sumy y Dnipropetrovsk.
No lo acepta Ucrania porque Rusia quiere quedarse sin combatir la zona más fortificada y defendida de su contrincante con trincheras, búnkeres, campos minados, dientes de dragón anti tanque, zonas industriales y minas, que abarca de Kostiantynivka y Druzhkivka, en el sur, a Kramatorsk y Sloviansk, en el norte. Además, congelar la línea del frente en Jersón y Zaporiyia implica que Moscú se quede con más de 70 por ciento de estas dos regiones, sin claridad sobre su futuro.
La delegación ucrania llevó la propuesta de discutir el repliegue de sus soldados en Donietsk, sólo si el ejército ruso se retira ahí a la misma distancia y, en la parte liberada de tropas de ambos, se crearía una zona de libre comercio bajo supervisión de Estados Unidos. La delegación rusa no está de acuerdo y dice que Donietsk ya forma parte de la Federación Rusa.
Rusia, consideran quienes siguen de cerca estas negociaciones, rechazó la iniciativa de que la energía generada por la planta nuclear de Zaporiyia, administrada por Estados Unidos, se reparta en partes iguales entre Rusia y Ucrania.
Y tampoco se entendieron, subrayan observadores, en lo que respecta a las garantías de seguridad que pide Ucrania. Kiev, sin formalizar su ingreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pide medidas similares a las que otorga el Artículo 5 de esa alianza, la presencia de contingentes de pacificación extranjeros y el compromiso de Estados Unidos de monitorear el cumplimiento de un eventual alto el fuego. Moscú insiste en que son condiciones inaceptables y también demanda para sí garantías de seguridad (la no adhesión de Ucrania a la OTAN; el compromiso vinculante de neutralidad de Kiev; la negativa a desplegar tropas extranjeras en su territorio y el desarme de su ejército, entre otras condiciones).
Quedan sin solución otras exigencias rusas: “desnazificar” Ucrania, dar al idioma ruso estatus de oficial en Ucrania, modificar las leyes en beneficio de la minoría de origen ruso, por mencionar sólo tres.
Rusia, según se comenta aquí, insistió en que no puede firmar ningún documento mientras Ucrania no tenga un presidente “ilegítimo”. Zelensky no se niega a convocar elecciones, pero sostiene que es imposible votar bajo intensos bombardeos rusos. Kiev pide que cesen los ataques rusos durante el tiempo que dure la campaña electoral, Moscú a lo sumo ofrece no bombardear “en el interior” del vecino país el “día de la votación” y sugiere que Zelensky renuncie y Ucrania sea gobernada por una administración temporal de Naciones Unidas.
Con estas piezas sobre el tablero, ahora sólo queda esperar qué ficha mueve Trump y si este movimiento podrá cambiar el juego.
GD
